Casarse otra vez

Es de noche. Escribo en la cocina, sobre el mesón central de madera. Aquí me gusta venir cuando las ideas no se ordenan en mi cabeza. O no fluyen. Acabo de hervir agua para hacerme una infusión de jazmín. Es como un espacio seguro, me da una sensación de refugio.

El lunes que recién pasó asistí a un matrimonio. Pero no a uno cualquiera, sino al el de una pareja que se casó en segundas nupcias. Ambos mayores de cincuenta, quisieron formalizar su vínculo de la manera más ancestral que existe. Con casi 100 invitados, fuimos testigos del amor, del compromiso, de la trascendencia.

Es en la azotea de una sinagoga, con vista a la cordillera. El viento primaveral nos alivia del calor. Ella entra de la mano de su padre, un anciano que va en silla de ruedas, pero que vibra por vivir ese momento. La novia -con un delicado vestido damasco de seda liviana- parece que flota a medida que se acerca al novio. Él ahora se envuelve con su manto de rezos, el talid, que se lo regaló su amada. Tal como dicta la tradición judía, la novia da siete vueltas alrededor de él, ella lo envuelve con su sabiduría, solo como una mujer puede cobijar a su esposo. Bendiciones y cantos. El novio llora, emocionado como pocos he visto. Sus lágrimas nos conmueven.

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El amor otra vez

Más tarde viene el tiempo de celebrar con bailes y discursos. Mientras los invitados nos deleitamos con manjares, los recién casados nos leen sus discursos. Cada uno está atento. Maravillados. Son dos personas que por amor quieren comprometerse. A los jóvenes y no tan jóvenes. La novia dice que solo con él puede alcanzar la felicidad, ser completa. Él, que ella la ha convertido en una mejor persona. Dice que encontró la perla más bella del universo.

¿Cómo no creer en el amor después de verlos?

Lectura de esta semana, Un hombre enamorado de Karl Ove Knausgärd