Mi bolsa, mi hábito

Escribo esta entrada con pleno sol.  En Chile han cambiado la hora. El horario de verano ha comenzado a pesar de que resta más de un mes para que finalice el invierno. Son las seis treinta de la tarde pero mi cuerpo me dice que son las cinco y treinta. Adelantamos la hora. No me gustan estas reglas arbitrarias, sin sentido. Nuevamente debo despertarme de noche aunque sean las 6.30 am.

También me han prohibido ocupar bolsas plásticas. Claro, por alguna parte hay que comenzar, pero estas decisiones deben estar insertas dentro de un cuadro mayor, armónico como política pública.  Cuando voy a comprar y no me dan la bolsa me siento ridícula llevando las cosas en la mano. Algunos me pueden decir, anda con tu bolsa de género. Otros, ponlo en tu cartera.

Un cambio de hábito

Dicen los expertos que modificar una conducta toma por lo menos 90 días. De acuerdo a mi experiencia, un cambio me toma mucho más. Por ejemplo, desde el año pasado decidí que los miércoles serían el día “libre de azúcar”. Eso fue en septiembre, casi un año. He tenido miércoles exitosos, otros medianos y algunos, sinceramente, un desastre. ¿Tengo el hábito? No. Pero sí la firme intención de cumplir con el prometido. En esto de las bolsas de basura es lo mismo. Paulatinamente me he ido adaptando, pero reconozco que cada vez que voy al supermercado me da mucha rabia tener que comprar una bolsa de género. Pero en realidad, me da más rabia conmigo misma por no acordarme de traer una desde mi casa donde hay muchas.

Ir mejorando toma tiempo. Lo mismo sucede con el ejercicio, con llamar a los que importan, con ordenar, con leer más, escribir sistemáticamente. Cada actividad es un arte de la resolución, saber dónde poner las prioridades.

El miedo al fracaso 

Por eso la vida artística, en mi caso, la escritura, conlleva muchas decisiones que debo anticipar. No es que un día se me ocurre escribir. Cada domingo pienso en cómo voy a organizar mi tiempo, cuántas horas podré dedicarle. Vivo con un sentimiento mixto. Por una parte, excitación por hacer algo que me encanta -me siento muy afortunada- pero por otro, un temor enorme al fracaso. Porque el fracaso es como una nube que jamás se disipa. Acecha. Está siempre esperando cazarme. A veces se manifiesta en que no logro hacer algo coherente, o peor aún, soy incapaz de escribir más que un párrafo. Incluso, puede aparecer cuando termino de escribir. Al revisar me doy cuenta que es espantoso. Pero un gran fracaso es cuando no escribo en toda una semana. O varias.

He descubierto que publicar semanalmente en este blog me ha obligado a organizar mi agenda incluso con más detalles. Para que esté listo un jueves, tengo que empezar a trabajar la publicación por lo menos el martes.

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Para avanzar, debo escribir 

Pero el proceso creativo de la novela es  muy distinto. Ahora estoy en el capítulo 16. Estuve cinco días sin escribir nada. Para mí es una situación incómoda. No me gustan estas pausas, es fracaso. Porque la única y exclusiva forma de avanzar, es haciendo el trabajo: sentándose a escribir.

Hay maneras de enfrentar este temor al fracaso. Estrategias que ayudan a pavimentar el camino.

Por ejemplo.

Así como escribo para el blog, también llevo un cuaderno personal. Ahí escribo de manera libre, sin editar, sacando lo que tengo dentro de mí para luego, ser capaz de conectarme con mi yo escritora.  

¿Cuál es tu estrategia?

Libro de la semana
Las vocales del verano de Antonia Torres