Trabajo y desconexión

Hoy escribo cuando el sol aparece de manera tímida entre las nubes. Iba a llover fuerte, pero otra vez me sorprenden las predicciones meteorológicas, solo han caído unos cuantos goterones. Ha sido una de esas semanas en que ni siquiera he tenido tiempo para ver el reloj. Así de rápido se me han pasado las horas.

Una compañera en el trabajo me preguntó cómo lo hacía para rendir tanto. O si me doy tiempo para mí. Solo para mí. Claro, le respondí cuando corro. La siesta de los sábados. Algún masaje.  Pero la pregunta sigue ahí ¿Cómo saber si hago muchas cosas? ¿Trabajo más de la cuenta?

Para mí no existe esa división rígida entre mi trabajo y la vida personal. Me gusta tanto lo que hago que nunca lo he visto como una obligación. En Memoria Viva, disfruto enormemente lo que hago.  En mi taller, también.  Puedo pasar horas y horas escribiendo, investigando, leyendo. Incluso en la noche me dan ganas de encender el computador y  escribir. ¿Por qué no lo hago? Porque sé que me voy a desvelar. Además, que es bueno realmente dejar de funcionar. Marcar el territorio. No es sano.

Volviendo al uso del tiempo. Es interesante pensar en cómo uno desea vivir. Algunos, lo hacen sin mayores desafíos, como si los días fueran obvios, sin grandes primicias. Están los que prefieren ir a un ritmo pausado como si jamás se fuera a acabar la jornada, sin apremio. Supongo que estoy en la categoría de los intensos, acelerados, soñadores.

Encontrar el equilibrio es difícil. Pero es algo que he logrado con el paso del tiempo. Me cuesta mucho desconectarme, pero intento a diario hacerlo. Por eso pongo límites a mi trabajo, en el sentido que dejo de escribir, de llamar, de pensar (lo intento) cuando el sol se esconde. A veces, tengo éxito.

Una amiga querida me mandó hace poco este WhatsApp .

 

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Es tan cierto. Hoy, cuando creemos que descansamos viendo las redes sociales, conversando por WhatsApp, es más urgente que nunca. Hace poco me quedé sola en mi casa. Era shabat. El día de descanso de los judíos que se celebra desde la primera estrella del viernes hasta el sábado en la noche, cuando está oscuro. Sin teléfono, tampoco televisión.  Solo podía leer. Mirar el jardín. Jugar solitario. Ya había dormido siesta, así que no tenía sueño. La soledad completa, no a medias. La absoluta, sin distractores.

Encontrar esos espacios se ha convertido casi en una excentricidad. Incluso en un acto heroico. En la semana, cuando salgo a correr sin teléfono. En la noche ceno con mi familia sin el teléfono en la mesa. Porque ni siquiera en el baño estamos sin el teléfono ¿me equivoco?

Enfrentarse a uno mismo, a ese yo que se esconde en las redes sociales, en la conexión incansable es algo que merece la pena. Es un esfuerzo, pero en esa travesía, en ese camino es donde realmente encuentramos la paz y la creatividad personal. 

¿Cuánto te desonectas? 

Lectura para esta semana
Ana Karenina de Lev Tolstoi