Ayuno y perdón

Había escrito algo completamente distinto para publicar hoy. Pero me desperté y ni siquiera lo volví a leer. Han pasado unas horas desde que finalizó Iom Kippur, el Día del Perdón en que los judíos hacemos un ayuno absoluto por casi 26 horas. Es súper extraño despertar hoy  luego de una jornada tan intensa. Porque básicamente lo único que hice desde el martes en la noche, hasta el miércoles pasadas las ocho de la noche fue rezar. Llegué temprano a la sinagoga de Aish Hatora en Chile, agarré mi libro de rezos y me dediqué a seguir la liturgia del cantor.

Con el paso de los años uno ya conoce las melodías - me encantaría poseer una voz afinada- y en silencio las acompaña. ¿Cuántas horas estuve ahí? En total, más de diez. El miércoles solo me tomé un descanso para una siesta y una clase. No conversé mucho. Iom Kippur me gusta pasarlo en silencio conmigo misma, me genera mayor concentración en lo que estoy trabajando. Porque para mí este día es sinónimo de trabajo interior. Es la culminación de un proceso que comenzó hace un mes. Ahora ordeno mis pensamientos, pienso detenidamente en mis errores, en el potencial que tengo. Llego preparada con un plan para este nuevo año y con pequeñas acciones para mejorar. Ya he escrito en mi pequeño cuaderno el balance y el plan.

¿Yo, robé?

Otro aspecto súper potente es el contenido de los rezos. Básicamente nos obliga a enfrentarnos a todos los errores que hemos cometido desde un año a otro: mentir, robar, ocio, relaciones inapropiadas, gula, falta de respeto a padres y profesores, hablar mal de los otros, solo son algunos de los ejemplos. ¿Yo, robar? Claro, porque cuando uno está trabajando y se pone a mirar Instagram está robando tiempo que corresponde al trabajo. Miento cada vez que digo que voy a hacer algo y dejo de hacerlo, independiente del motivo, robo también si me comprometo a una hora y me atraso, hablo mal del otro cuando cuento la historia de cómo tal persona se vistió con colores estridentes, falto el respeto a mis padres cuando les digo con voz enojada que no saben cómo ocupar el teléfono.

Hay miles de ejemplos. Por eso es tan interesante este día de Iom Kippur. Con una lupa súper poderosa nos invita a examinar nuestras acciones y tenemos la posibilidad de borrar el daño por medio del ayuno. Es una fórmula antiquísima de nuestra religión. Desgraciadamente hoy  son varios los que ya no ayunan, pero para mí en cambio, es un punto culminante del año. El ayuno me permite concentrarme en lo que realmente es trascendente. Me preocupo de estar en ese momento conectada conmigo misma y un ser superior. Mis errores, pequeños, medianos, enormes, están en proceso de borrarse gracias a que ayuno.

Solo a medida que tomo verdadera conciencia de quién soy , puedo ir mejorando como persona. Desde chica me gustó mucho Iom Kippur. Al igual que hoy, lo encontraba un día mágico en que el tiempo se detiene y me concentraba en una sola cosa, rezar, limpiarme y salir mejor de lo que inicié el día.

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Una lupa súper potente

Es un regalo. Pasa por perdonarse a uno mismo y pedir el perdón correspondiente a quien hayamos hecho daño. Porque de nada sirve ayunar si no has hecho el trabajo previo -y créanme, más difícil que pasar varias horas sin comer-  es pedir perdón a ese amigo, hermano, padre, marido, hijo.

A uno mismo.

Lo ideal es hacerlo siempre en el minuto que sucede el error, en el que cometemos el acto ofensivo, en que decimos la palabra grosera, pero Iom Kippur nos permite volver a repararlo aunque hayan pasado meses, años, décadas incluso.

¿Desperté mejor hoy? Sí, más en paz. Logré ayunar, rezar y sobre todo, analicé activamente mis acciones.

Ahora sí que comienza el desafío, disminuir mis errores y aumentar mis buenas acciones.

 

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