La playa y el centro de Santiago

Escribo desde una cafetería a primera hora de la mañana. Hay mucho ruido. Una familia con unos niños muy inquietos me impide concentrarme. Ya pasó la primera quincena de enero y simplemente, me cuesta mucho creerlo.

La semana pasada hablé sobre nuevas aventuras en un taller literario. Desgraciadamente tuve que suspender mi asistencia porque he estado súper ocupada editando mi novela. Es como si cabeza y mi alma estuvieran abocadas exclusivamente a esa tarea titánica. Esta fase se define más que por la sistematización que por la creatividad. Para avanzar hice algo por primera vez:  me quedé dos días en la playa para editar. Partí junto a mi familia el viernes y ellos regresaron el domingo a Santiago.

Lunes y martes, sola en la playa para trabajar.

Ambos días me desperté temprano y luego de correr, me senté a trabajar. Fue una experiencia única, porque si bien estoy acostumbrada a estar en silencio y en soledad, hacerlo en un lugar en que no había nadie con quién conversar, sobre todo en las comidas, es muy diferente.  A momentos volvía a mi teléfono y redes sociales. En otros, sentí la sensación casi milagrosa -que se da en escasas ocasiones- en que mis dedos volaron sobre el teclado y mi mente estuvo cien por ciento acoplada al proceso creativo. El lunes, a las cinco de la tarde, no daba más. Salí a dar una vuelta. Me relajé. Después volví a escribir.

El martes imprimí 4 capítulos.  Caminé hasta una puntilla y allí me pasé un par de horas revisando el texto. Eso, fue delicioso.

Ya estoy de regreso en Santiago. Mi productividad ha disminuido ostensiblemente. Las preocupaciones vuelven a poblar mi cabeza.

Pero ayer tuve una tarde hermosa.

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Un oasis de silencio en el centro de Santiago

Con mis alumnos del taller literario teníamos pendiente una “expedición” al centro de Santiago. Algunos por primera vez viajaban en metro. Partimos en Los Dominicos hasta Santa Lucía. Visitamos la Biblioteca Nacional. Yo no iba hace muchos años. Me volvió a sorprender la majestuosidad del edificio, lo impecable, pero sobre todo, lo atentos que fueron con nosotros. Donde fuera que llegáramos, ya sea a la sala de música, de los periódicos o de conservación, nos recibían con una amabilidad enorme, con un interés supremo en mostrarnos el trabajo que hacían. El punto culmine fue cuando entramos a la gran sala de lectura, Gabriela Mistral.

Ahí, en la mitad del centro de Santiago, en medio de las micros, los vendedores ambulantes, los autos y los peatones, existe un oasis de silencio. Porque la sensación que produce esa elegante sala, donde nadie conversa o habla por teléfono es tremenda. Los jóvenes así lo vivieron. Vi en sus rostros la incredulidad, encontrarse allí, fue importante. Nos sentamos en uno de los largos mesones y les di un par de ejercicios de escritura.

Silencio absoluto.

Cuando volvimos a Miraflores, el ambiente de la ciudad renació en nosotros.

Llegamos a la calle Nueva York. “Se ve vieja”, dijeron . Traduzco: edificios antiguos y cuidados. Casi al llegar a la Alameda está el Bar Restaurante La Unión. Ingresamos. Unos cuantos clientes, olor a encierro, manteles azules, algunos hombres en la barra. Nos acomodamos en el salón de al fondo. Nos atendió con premura Cesar. Bebidas, aguas, te.

Los jóvenes leyeron allí los textos que habían escrito en la Biblioteca Nacional. Ojalá pudiera  explicar las maravillas. Me conmovieron sus reflexiones. Ellos al igual que yo, disfrutaban el momento. Estábamos creando recuerdos significativos. Divagamos sobre los objetivos para el 2019.

Para escribir bien es súper necesario exponerse a nuevos ambientes, conocer, el ojo curioso y atento.

Esta fue la despedida hasta marzo. Pero antes les hice un regalo.

Hace un par de semanas empecé a trabajar en un cuadernillo de 60 ejercicios de escritura. La idea es que hagan uno por día. Algunos son más largos que otros. Una diseñadora lo ilustró. El resultado, es un cuadernillo que sorprende por lo lúdico y novedoso.

Se los regalé con dos condiciones. Que hicieran los ejercicios y en marzo me criticaran el  libro. Necesito saber si les acomodó el formato, qué sobra, qué falta.

Ya era el momento de regresar. A las 7 de la tarde es la hora punta en el metro. Caminamos hasta la Estación Universidad de Chile.

Hacía un calor monstruoso, éramos parte de una masa humana. Peleando por ingresar al vagón. Casi sin respirar, como animales, sudando.

Nosotros lo hicimos una vez ¿pero cómo es vivir esa misma experiencia dos veces al día, por la mañana y tarde?

Cuéntame aquí tus aventuras por la ciudad.

Lectura de la semana, Still Writing
— Dani Shapiro