La alegría del monopatín

Escribo en un avión. Ignoro el lugar exacto, seguramente por alguna parte de España o cruzando el océano Atlántico. No tengo idea de la hora. Mi cuerpo cree que tengo que dormir, pero sé que debo mantenerme despierta un par de horas más.

La semana pasada no escribí en el blog. Fue imposible. Recién venía llegando a París para correr una maratón.

Y todo ya pasó.

Ya corrí la 5ta maratón de mi vida. Transcurrieron los meses intensos de preparación. Ahora solo me queda futuro y recuerdos. Porque cada competencia se va grabando en el disco duro.

Los días previos a la competencia tenían que ser muy tranquilos. Intenté caminar poco. Fui a una exposición de luces y videos que contenía el desarrollo de la vida artística de Vicent Van Gogh. El El atelier lumieres era en un espacio enorme, oscuro y  cada asistente se ubicaba donde quería, de pie o sentado, apoyado en la pared. A medida que avanzaba la filmografía -con una música hermosa, suave y rítmica-  el espectador se iba adentrando en la cabeza creativa del artista holandés.  Los colores y dibujos se iban insertando en la piel,un sueño.

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Sumergirse en la cabeza de un genio

En ese momento pensé: el domingo de la maratón me voy a acordar de estos azules y amarillos que están en movimiento ante mí.

Ahora recuerdo ese lunes alrededor de las 17 horas. La ciudad es una sola sirena y diviso una enorme columna de humo. Se está quemando Notre Dame, uno de los iconos de la ciudad luz. La estela de humo sube rauda por el cielo, se distingue desde cualquier parte. En twitter, las imágenes son impresionantes, el mundo se conmueve y sé que estoy viviendo un momento histórico.

Iba a a ir cerca de Notre Dame ese martes, recorrería el barrio, iría a  Shakespeare and Company; un icono de librería parisina porque tiene excelente selección de libros en inglés.

De un minuto a otro, la vida de París se vio coartada.

Yo seguía en piloto lento -después de haber corrido una maratón uno se siente súper torpe, como si se hubiera tomado un relajaste muscular- y cuesta retomar el ritmo. Así fueron los días posteriores.

Pero hubo una actividad que me inyectó de energía: el monopatín eléctrico. Nunca antes me había montado en uno y fue una experiencia increíble. Con algo de temor, sin casco y por veredas bastantes estrechas, me movilicé por París de una manera que jamás había imaginado.

Ojalá cada uno de ustedes se suba a uno. Estén donde estén. Es una sensación diferente, uno se vuelve a ser niño, con ese afán de descubrimiento y rapidez sin motores ni ruidos. Casi se siente que volar en medio del pavimento. Claro, hay que ir con cuidado, lento más que rápido y me llevé muchos enojos de los peatones por transitar en lugares donde estaba prohibido.

Pienso que hace un par de años atrás no existía el scooter eléctrico, ni Waze, ni Google Maps.

Ocupé estos tres inventos y me ayudaron mucho para recorrer eficientemente la ciudad. Fueron de una gran ayuda para mí, porque me cuesta orientarme con el mapa de papel. Si me perdía o iba en el sentido contrario, tan solo giraba. Como me dijo mi prima y compañera de trote: deberían inventar un monopatín con una pantalla en que apareciera el mapa de la ciudad, así es menos peligroso.

Me trasladé desde Les Invalides - la tumba de Napoleón I, un museo militar  y un hospital-  al al  Museo d’Orsay en Saint Germain, atiborrado de tiendas, cafés y mucha vida. Qué día más intenso y bello.

Fue delicioso experimentar sensaciones nuevas, no tan arriesgadas, pero que te entregan unos minutos de libertad y alegría.

Espero que pronto en Santiago subirme a un monopatín y transitar por sus lindas calles que en otoño nos regalan sus hojas rojas se lucen en los árboles.

¿Ya te has subido a un monopatín?

El legado de Europa, Stefan Zweig
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