Una habitación propia

Una habitación propia

Escribo una tarde con lluvia, nubes grises y frío. Estoy en un café mientras mis hijas y sus amigas saltan  en unas colchonetas. Soy la única aquí, la única que escribe.

Hoy ha sido el primer día- desde que regresé de París hace una semana- que me siento con más fuerza para la rutina. Al fin, me dije cuando desperté, mis energías vitales han renacido.

La energía es volátil, a veces  nos confundimos y pensamos  que nunca más volveremos a correr con alegría por el mundo.

Pero todo vuelve.

Como hoy que desperté con ganas de comenzar la jornada.

Como anoche que leí una hora seguida.

Como hace un par de horas, cuando me volví a conectar con mi novela: sentí que era capaz de regresar a la escritura.

Si bien todavía no defino el título de mi novela, tengo apuntadas más de veinte opciones. Me da susto elegirlo, porque es como optar por  el  nombre de un hijo. Es definitivo. Ahora es el tiempo de la gestación,  puedo cambiar de parecer, aún  no ha nacido oficialmente el escrito. El embarazo de la novela va en un año y medio. Veremos si da a luz antes de dos años, este octubre.

Mientras manejaba -esta misma mañana fría y nubosa de abril- escuchaba un podcast con una entrevista a Leila Slimani, autora francesa marroquí que escribió una novela magistral, Canción dulce. Fue en ese instante que se me ocurrió cambiar el inicio de mi propia novela. Pensé: no se me puede olvidar la idea. Tan pronto pude, lo escribí. Pero todavía no modifico el comienzo, me da temor hacerlo porque eso implica volver a leer al primer capítulo.

Tampoco he ido al taller. Han pasado dos semanas desde la última vez que me senté en mi escritorio con vista a la cordillera a trabajar. Cuando dejo de ir por mucho tiempo me cuesta recuperarme, volver a mi espacio íntimo y silencioso que me obliga a a la soledad propia del escritor.

Allí puedo pasar muchísimas horas en silencio mientras el resto convive en la oficina, en el mall, en la micro, en el metro.

Mi taller es mi lugar.

Eso decía Slimani en el podcast Literary Friction: las mujeres más que los hombres necesitamos nuestra habitación propia. La idea no es muy original pues la rescata de Virginia Woolf, escritora inglesa de comienzos del SXX, autora de un libro con ese título. Lo interesante es que diga “las mujeres”. ¿Por qué nosotras y no ellos? ¿Tenemos un estatus especial? Ciertamente. Los hombres por definición son seres proclives a la soledad y se les ha respetado sus espacios propios desde el comienzo de los tiempos.  Nosotras, en cambio, hemos tenido que ir creando estos lugares. Da lo mismo si es un cuarto, un cubículo, un auto, una cama. Pero es necesario que cada una de nosotras sea capaz de tener lo suyo, ajeno a la familia, a los deberes, al trabajo, al deber ser. Nuestros roles son tantos y disímiles, nos olvidamos de la responsabilidad que tenemos con la soledad. No son el marido, la pareja, ni la madre ni el padre la que deben procurarla.

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 La habitación propia entendida como un espacio real o abstracto, es una necesidad integral de la mujer. Nos hace más felices, mejores y nos permite seguir desarrollándonos.

Más que feminismo, es una realidad. Pienso en aquellas mujeres que son incapaces de hacerse respetar, madres agobiadas por la crianza, por la dirección del hogar, la habitación propia es el aire que les permite continuar.

El libro de Virginia Woolf es más denso de lo que el título supone; es un texto que ha impactado positivamente a los que han sabido interpretar sus palabras. Y el título resume lo grandioso de la propuesta.

La habitación propia no tiene que ser el dolor de cabeza que obliga a otros a dejarte en paz, sino que una realidad concreta y sencilla.

El espacio femenino en soledad es la fuente de la creatividad.

¿Cuál es tu habitación propia?

Una habitación propia de Virginia Woolf
— Libro de la semana
Soledad: Estar solo, ya sea por una circunstancia o por un estado mental.
— Palabra de la semana